Atlas de partículas elementales

Cuando la divulgación nace de la literatura, el caso de Francisco Rebolledo

“La ciencia nuestra de cada día” de Francisco Rebolledo es elegante. Una conciencia sobre la energía del lenguaje abraza a todas las secciones que componen este libro hecho con las colaboraciones que el autor publicó en el suplemento cultural Laberinto. 

No existe tema que no esté dotado de gracia y sencillez, incluso en la elección de los tópicos existe una intención literaria de hablar de los asuntos que lo mismo nos dejan perplejos porque al contarse encierran formas bellas, o porque al tirar de sus hilos el autor encuentra intimidades de la ciencia, tales como las formas en que se ha construido a través del tiempo, percances o dudas pendientes.

El contenido del libro está agrupado en seis grandes temas: física, astronomía, química, biología y evolución, ecología y divulgación de la ciencia. Tal presentación logra diferentes organizaciones: de temas, de complejidad y de narración. En las primeras secciones tenemos la conformación de métodos clásicos de la ciencia moderna para hacer y hallazgos que delinearon todas las prácticas.

Un ejemplo sobre la nitidez con que sucede la organización del libro es que se inaugura con la sección de física, en la cual tocamos el tiempo como concepto, con su paso de lo infinito a la infinitud y terminamos con la sección divulgación de la ciencia hablando de calendarios y los berrinches políticos que le dieron forma.

En el intermedio de este círculo narrativo, las historias de ciencia se mezclan con poemas y  novelas, Rebolledo nos presenta muchas veces lo mejor de ambos mundos, en una divulgación de ciencia que no pretende exprimir de los lugares comunes la comprensión de las lectoras, al contrario, con una agudeza única, entrega relatos complejos de biografías, búsquedas o hallazgos para que en las formas de contar también se pueda experimentar otra tensión: la de la literatura sucediendo.

Con todo esto no quiero decir que se trate de un libro difícil de leer, para nada, simplemente que al hablar de esta obra vale la pena hacer estas puntualizaciones para que ninguna persona llegue distraída a un libro que en su escritura y en su contenido encierra una belleza elegante.

Rebolledo escribió en la sección de “física” sobre el interés de Goethe por la ciencia, los enigmas de la naturaleza y su pasión por la luz y el color; también redactó sobre nuestra implicación social con los colores y la forma en que ser tan visuales se nota en nuestro lenguaje; además, luego de abordar a trágicos personajes como a Ludwig Boltzman -en cuya lápida está grabada la ecuación de la entropía- nos da un texto para medirnos con la vastedad del universo.

De aquel baño de humildad que nos da la dimensión de lo desconocido, nos vincula con las formas en que el concepto “campo” se modela cuando está en la agricultura o cuando llega a la física; Rebolledo no olvida a Albert Einstein e incluso nos da una versión muy fresca de este gran científico al hablarnos desde la antesala de su éxito y la necesidad de sencillez en su trabajo, característica que excluyó la posibilidad de incertidumbre.

Esta falta señalada en la obra de Einstein le permite al autor de «La ciencia nuestra de cada día» abrir la puerta a diversos temas de la mecánica cuántica. Cuando los saltos cuánticos acaban, llegan las bombas atómicas, la Navidad en que nació Isacc Newton y la soledad de Henry Cavendish para cerrar el capítulo.

En la sección de “astronomía” tenemos asuntos clásicos como Marte, la materia “oscura”, Mercurio, las estrellas de neutrones -cuya historia permite mencionar a Jocelyn Bell, una de las poquísimas científicas reconocidas en la historia de la física- así como asuntos de meteoritos y aspiraciones humanas de llegar a otros mundos en cohetes o con la imaginación.

Para la parte de “química” entramos desde la tabla periódica, leemos sobre el reto de sintetizar el lenguaje de la química y pasamos por la historia de Parecelso, los sueños de monos y estructuras atómicas de August Kekúle, así como las imágenes espejo de sustancias químicas y asuntos morales que el ácido lisérgico pone en la mesa.

Los textos reunidos en “biología y evolución” abordan la sexualidad y el amor con la misma pasión que el diseño del lenguaje y la estructura del cerebro, pues de nuestras formas de comunicar o amar se provoca la narración de otras historias sobre genes y sobrevivencias. 

Además, se explica una tentativa para combatir al cáncer y se reflexiona sobre la comunicación de otras especies. Pero en esta sección lo que más insiste en ser contado es el asunto de las “resacas evolutivas”, teoría nacida del interés de Francisco Rebolledo por la obra de Paul R. Ehrlich, que el autor tradujo al español.

Dicha teoría pone de manifiesto el desfasamiento entre las velocidades de la evolución biológica y las de la evolución cultural en el homo sapiens, mismas que se ven en la posibilidad de convivir en grupos grandes, quizá en la violencia de género y sin duda en la obesidad y en la alimentación.

Como en la sección de “física”, la de “biología” no pudo llegar sin enunciar a clásicos como Charles Robert Darwin, pero de forma innovadora, el autor pausa un momento para hacer una crítica sobre la desafortunada promoción del “diseño inteligente” y la devastadora insensatez del capitalismo que el huracán Katrina puso en evidencia.

Algunos de los momentos más bellos del libro vienen en la sección de “ecología”, entre ellos destacan el recordatorio de las palabras de Abel Quezada ligado por el autor a propósito de la extinción de especies en nuestro país, así como el engaño que supone a nuestra responsabilidad con el planeta en términos de percepción del tiempo y el espacio. 

Tan diversos son los temas como las formas de narrar en este libro de divulgación que cierra justo con una reflexión sobre las formas de contar la ciencia, un elogio a George Gamow y un ejercicio mental que nos recuerda el movimiento de la Tierra.

Repito: “La ciencia nuestra de cada día” de Francisco Rebolledo es elegante. Estamos frente a uno de esos escritores que comparte su amor por el lenguaje y en el mismo acto declara que la ciencia y la literatura sirven para pensar otros mundos.

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