Atlas de partículas elementales

Como quien ama, así escribía Rachel Carson

Leo a Rachel Carson (1907-1964) como evocando aquellos primeros encuentros que salen bien y la memoria de disfrutar en compañía el sabor de una nueva fruta de colorida forma. En cada párrafo la voy imaginando con los dedos sobre el teclado, a punto de pausar el canto de un ave o el reventar de una ola para capturar desde lo íntimo una vida en el aire o el movimiento del océano. Lejana a otra escritura sobre naturaleza que intenta contener lo inconmensurable, con Carson se alienta la libertad de la naturaleza, lo sutil y lo grotesco en fragmentos, la ecología en lo local, una naturaleza que se sale de los moldes de la otredad.

Con ella lo genuino es apostar por el flujo de la fuerza natural y su organización, así se logra que las ideas originadas en el encuentro con lo natural sean el motor de sus textos, esto y, por supuesto, el asombro del cual ella se manifiesta culpable.

Pero Carson no solo se asume como lectora de la naturaleza, la autora de Primavera Silenciosa dejó que sus letras estuvieran al servicio de que nuevas vidas, las más jóvenes y frescas, puedan verse y sumarse cómo parte de la naturaleza y, en el acto cambiar, sus relaciones con esta, tomar el compromiso de respetar y vivir en armonía. 

En “El sentido del asombro” tenemos una declaración de principios breve y contundente sobre el habitar con otras especies, sobre amar los ciclos de la naturaleza, leo una autora comprometida con alimentar y procurar el asombro por la naturaleza en las personas más jóvenes. Es, de hecho, al narrar los descubrimientos que hace junto a su sobrino cuando nos presenta el “salvaje tumulto del océano” y sus formas blancas que resuena en la oscuridad. Es cuando nos habla de lo que la impresiona, el mismo momento en que su amor se incendia.

“El sentido del asombro” fue originalmente un artículo titulado Ayuda a tu hijo a asombrarse (Help your child to wonder) publicado en la revista Woman’s Home Companion en 1956. Carson pretendía extenderlo, pero la muerte llegó a sus 56 años.

El tono y las escenas del libro parecen ser lo mismas que la biología marina experimentaba en ese momento de su vida, cuando era responsable del cuidado y economía de su madre y sobrino, quien había quedado huérfano. Pero además vendría pronto el cáncer que acabaría con su vida en medio de una fuerte pelea por señalar a los responsables de la contaminación por pesticidas como agentes no tan inocentes.


Lo indómito y lo cíclico de la naturaleza son, a parecer de la autora, dos cualidades que pueden migrar a nuestra fuerza de vida y alimentar la esperanza en los momentos más difíciles; “un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto años posteriores, la estéril preocupación de problemas artificiales, el distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza”. Sin duda me permití leer el libro con la esperanza de que ante su enfermedad, Carson tuviera a mano ese remedio.

La escritora dice llevar a su sobrino a “un tiempo y un lugar donde lo importante y lo elemental prevalecía”. Todos son encuentros con lo natural con las peculiaridades que la Costa de Maine les podría ofrecer: áreas rocosas, mar y bosque; eso sí, la necesidad de nombrar el paisaje y sus elementos le parecen lo de menos, siendo los gestos, los modos de vivir y la belleza de las criaturas lo que le parecían imposibles de silenciar.

A Carson le asombra la aceptación de la naturaleza que tiene su sobrino, le recuerda que en la adultez nuestros referentes se vuelven rígidos, infranqueables y de menor sorpresa. De ahí que ella cuente con orgullo lo importante que es que la niñez no se pierda de experiencias porque estas incomoden interfiriendo con la hora de ir a la cama, o impliquen cambios de ropa a consecuencia de la lluvia o el barro. Ella invita a olvidar algunas reglas formales a cambio de una experiencia más retadora e inolvidable.

“Los bosques de Maine nunca parecen tan frescos y llenos de vida como en tiempos lluviosos”, nos cuenta y detalla que es una funda de plata la que parecen destacar los colores y la exuberancia de los helechos. Así el bosque se nos vuelve un hecho vivo que puede mudar sus cualidades frente a la lluvia de hoy o el sol de mañana, siendo susceptible a cambios que podemos atesorar.

Sobre los líquenes también nos hablará y en la variedad de sus configuraciones espera que pausemos el tiempo y estos se vuelvan motivo de curiosidad y cuidado al detalle que pueden llevarnos a pensar fantasías sobre su origen o sus futuros. Dos asuntos que una vez bajo nuestra agencia se convierten en modos de acercarnos a otras vidas y a la vida propia. Sobre atenciones y fantasías, Carson nos cuenta que la vida que atiende a otras vidas nos deja con momentos valiosos para la creatividad y para afrontar dificultades.

La palabra “asombro” en español  se refiere a una “impresión en el ánimo que alguien o algo causa a una persona, especialmente por alguna cualidad extraordinaria o por ser inesperado”, tal definición no lleva por fuerza a reflexionar. Mientras que el vocablo en inglés “wonder”, se usa para “sorprenderse” y “preguntarse”. De ahí que además de una sensación de perplejidad suceda el pensamiento. Más allá de reflexiones gramaticales, el asunto con este libro es que nos pide salir de lo cómodo con una promesa de belleza que nos implique y atraviese.

Además de enunciar el anhelo de que todas las personas tengan la posibilidad de redescubrir la alegría, la expectación y el misterio del planeta que habitamos, Rachel Carson nos pinta su entorno cercano y más que destacar el contenido de la vista nombrando especies, en el camino brilla la expedición y una observación amorosa como solo puede tenerla una persona que ama. Estamos en Maine cuando leemos a Carson, pero también habitamos cualquier otro rincón del mundo, las montañas cercanas se antojan más cercanas y menos como un paisaje de fondo. Y los árboles vecinos se sienten más como una responsabilidad que como un jardín de paso.

La mayor seguridad que desplegó en este texto la conservacionista estadounidense fue que aquellas personas que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida se termine, algo que nos pide buscar en los “reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche y la primavera tras el invierno”. 

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